Historia de dos Galahads

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Historia de dos Galahads

Mensaje por Arwen^ el 15/6/2009, 5:53 pm

Esta es la parte de la historia que nos ha
dejado, en unos viejos pergaminos de piel de cordero, el que fue Papa
Galahad. Son historias breves, apenas un resúmen de todo lo que pasó en
aquellas épocas...

Bernard
de Payns y Alazais se casaron, y después se casaron Ergoth y Leonor de
Aquitania, en París. Galahad ofició ambas bodas. A la segunda,
acudieron Bernard y su amante, Adela. Allí Adela conoció a Galahad
padre y se enamoraron, pero ella estaba enamorada también de su amante,
Bernard.

Después, Galahad padre
murió, en una guerra y apareció Galahad hijo, el que llegaría a ser
Papa. Era cristiano, y poco después, oyendo la llamada, se convirtió en
religioso. Era el escudero de Paris Lautrec, mandado allí por su padre,
para servir al que siempre fue su señor.


Poco a poco, Galahad hijo empezó a escribirse con la amante de su
padre, pues él le había hablado mucho de ella. Y coincidieron de nuevo
en otra boda, la de Sir Hudini y Lakesis. Y de nuevo, Adela, pecadora
donde las haya, pero la mujer más maravillosa del mundo cayó rendida
ante los encantos de otro Galahad, esta vez el hijo. Ambos se amaban,
pero Bernard decidió disolver su matrimonio con Alazais porque se dio
cuenta que estaba a punto de perder a Adela. Y así, Bernard y Adela se
prometieron y Galahad desapareció de sus vidas, pero no del todo, pues
seguía carteándose con ella.

Así,
llegó el momento que ella tanto esperaba, por fin Bernard se casaba con
ella. ¿Y dónde? en la maravillosa ciudad de París. Ella escribió a
Galahad una larga carta, en que le contaba todo lo que sentía,
incluyendo su deseo de que fuera él precisamente quien la casara. Y el
monje no pudo sino aceptar, sólo por verla feliz.


Esa boda fue maravillosa, divertida, entrañable, larguísima y lo que es
mejor, casi por sorpresa, Alazais y Ariakan también contrajeron
matrimonio. Pero el día que él la casó, fue el más triste de su vida.


Mas nunca hay que desesperar y Bernard abandonó prematuramente este
mundo. Acudió a Galahad enfermo y destrozado sólo para que Adela no lo
viera morir. Así pues Adela estaba viuda, y Galahad enamorado. Mas la
entendió, y en un primer momento, no la importunó con tonterías. Sólo
marchó hacia París, para apoyarla en todo lo que necesitara.


Pero pasó el tiempo, y el confesor se convirtió de nuevo en amigo,
después en hombre, y, por último, en amante. Y una noche de luna llena
decidieron que en ese mismo momento estaban casados, ante Dios y ante
los hombres.

Y así vivieron,
juntos y enamorados, hasta que la muerte los separó, por un breve
espacio de tiempo. Y esos días que él pasó sin ella sobre la tierra,
son los peores de su vida.


Y esta la historia que Galahad III dejó sobre el mismo suceso. La visión del fruto del amor pecaminoso de nuestros antepasados:



Mi historia comienza el 14 de diciembre de hace 17 años, cuando mi
madre, la bella Adela, contraía matrimonio con el Gran Maestre de la
Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, Bernard de Payns. Allí ella
anuncia que se encuentra en estado de buena esperanza, y unos meses
después, nacimos mi hermana y yo. Desde el comienzo se notó que había
algo raro, pues no nos parecíamos en nada, a pesar de ser gemelos…



A los pocos meses de felicidad, el marido de mi madre dio su vida por
sus compañeros, y falleció en la fortaleza del Cardenal Galahad, el
mismo que había oficiado su boda. Galahad corrió al lado de mi madre,
para acompañarla y consolarla en este duro trance, y se reencontraron
en la hermosa ciudad de París. Allí, él se convirtió para mi madre en
su mejor apoyo, su mayor consejero, su más preciado amigo. Pero ninguno
de los dos podía olvidar el amor que sintieron en otra época, amor que
aún sentían.

Galahad tuvo que
partir a su fortaleza de improviso, y mi madre decidió seguirle días
después. Nos llevó con ella, a mi hermana y a mí, que cada día éramos
más diferentes. Mi alma infantil se hacía preguntas poco propias de
alguien de mi edad, y sólo pensaba en llevar en el cuerpo y en la mente
la palabra de Dios. Los días que pasamos en esa fortaleza fueron
entrañables. Galahad y mi madre nos mimaban y educaban con exquisitez,
forjaban nuestras almas en los buenos principios de la caballería. Un
día llegó una maravillosa noticia, requerían al Cardenal en Roma, el
Papa había muerto y tenían que buscarle sucesor. Tras unos días, hubo
fumata blanca. El Papa Galahad, el Papa enamorado, había ascendido al
trono de Pedro.

Cuando volvió a
casa le esperaban malas noticias. Uno de sus vasallos estaba siendo
molestado por el hereje que osaba usurpar el trono de Dios. Los rumores
de guerra se extendían por doquier. Los mensajeros entraban y salían
continuamente de la fortaleza. Galahad ahora apenas pasaba tiempo con
nosotros, pero lo poco que tenía era un paraíso para todos, paseando
por los verdes bosques de su propiedad, de la mano de mi madre, viendo
cómo ellos se miraban a los ojos, dulcemente. Ahora se que el miedo
estaba en sus corazones. No miedo a morir, sino miedo a que el destino
los separara, a que realmente después de esta vida, no hubiera otra
donde estar juntos.

A los pocos
días llegó un mensajero a caballo, ensangrentado. Era un pobre
campesino que traía las peores noticias. El Emperador hereje había
atacado a su vasallo con extrema crueldad. Mujeres, niños, ancianos,
todos eran masacrados sin piedad y los campos ardían y eran regados con
sal. Galahad fue inmediatamente a avisar a mi madre, hablaron mucho, y
cuando salieron de sus habitaciones, tenían en la cara una mirada de
tranquilidad, y de amor mutuo.


Nos dijeron que mi hermana y yo teníamos que partir, iríamos a África,
con nuestro padrino, allí estaríamos a salvo de la guerra. Ellos se
reunirían con nosotros un tiempo después, cuando todo estuviera
resuelto.

Mi hermana y yo
iniciamos viaje, con una escolta digna de quienes éramos, los
protegidos del Papa. Varios peligros nos asaltaron durante el viaje,
pero llegamos sanos y salvos gracias al honor de esos guardias. Allí
crecimos, esperando la llegada de aquellos a quienes amábamos, pero
ellos nunca llegaron.
De cómo llegué a saber quién soy y de lo que hice después, hablaran mis próximas aventuras.
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Arwen^

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