La Muerta Guy de Maupassant (1850-1893)

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La Muerta Guy de Maupassant (1850-1893)

Mensaje por alia atreides el 7/9/2009, 3:16 pm

¡La había amado desesperadamente! ¿Por qué se ama?
Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento
en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los
labios... un nombre que asciende continuamente, como el agua de un
manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre
que se repite incesantemente, que se susurra una y otra vez, en todas
partes, como una plegaria.

Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor
sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su
ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan plenamente
envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me
importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en
este nuestro antiguo mundo.

Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé;
hace tiempo que no sé nada. Pero una noche regresó a casa muy mojada,
pues llovía intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una
semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero
los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron
medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban
muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y
tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que
decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo
perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: "¡Ah!" ¡y yo
comprendí! ¡Y yo entendí!

Me preguntaron acerca del entierro
pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y
el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella
dentro. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

¡Ella estaba enterrada!
¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas...
mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a
través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un
viaje.


Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi
habitación (nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo
que queda de la vida de un ser humano tras la muerte), me invadió tal
asalto de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y
de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas,
entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado,
que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su
aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para
marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del
vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder
contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de
salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus
pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel
espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas
veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su
imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el
cristal -en aquel liso, enorme, vacío cristal- que la había contenido
por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas
miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío.
¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que
haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo
corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante
de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en
su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!

Me marché sin saberlo, sin
desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de
mármol blanco, con esta breve inscripción:

Amó, fue amada y murió.

¡Ella
está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente
apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego
vi que oscurecía, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante
desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche,
llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio.
¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagar por
aquella necrópolis. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad
comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no
son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros
necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las
cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua
del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.

¡Y
para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos
que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra
se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!

Al final del
cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más
antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la
tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente
enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie
cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín
alimentado con carne humana.

Yo estaba solo, completamente solo.
De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las
frondosas y sombrías ramas. Esperé, aferrándome al tronco como un
náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció
del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente hacia aquel
espacio de muertos. Caminé de un lado para otro, pero no logré
encontrar la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos,
chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi
pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a
tientas como un ciego buscando su camino. Palpé las lápidas, las
cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de
flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima
de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No
había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en
aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas!
¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante
de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de
ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a
doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un
ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la
impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra
sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir
cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

Súbitamente,
tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado
se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien
tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina,
y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la losa sobre la cual estaba
sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la
losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de
que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:

Aquí
yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a
su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.


El
muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una
piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar
las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de
sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A
continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo
índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los
chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:

Aquí
yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató
a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su
esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que
pudo y murió en pecado mortal.


Cuando terminó de
escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a
mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los
muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas
que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la
verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos,
maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores,
envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores
delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos
hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes,
aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos
ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y
sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar,
mientras estaban vivos.

Pensé que también ella había escrito
algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio
abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido
de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver
su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de
mármol donde poco antes había leído:

Amó, fue amada y murió.

Ahora leí:

Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, enfermó de pulmonía y murió.

Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.
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